Saturday, 25 April 2015

Arboleda de primavera

Era una tarde de Abril, y el viento soplaba ligero como susurrando. Las flores se deslizaban buscando entre nubes y claros a si mismas. El destino nos situaba en aquella arboleda que respiraba paz pero a la vez plenitud de inquietante vida.

Colores y sonrisas felinas de amor jovial e inocente, marcaban el ritmo de un compás de ecos añorados durante los pasados meses lúgubres. Llamaban mi atención las ardillas, que con su cálida inquietud se asomaban en movimientos intensamente calculados.

Notaba como el tiempo se descomponía y podía colocar mis pensamientos al azar de la inmensidad. Una mezcla sencillamente opuesta de infinitud e instante embriagaba mi mente.

De repente, una voz me despertaba de un sueño que fue precoz pero eterno. Atendí a una invitación sin animo de lucro, a una ofrenda a una causa justa. Tan pronto como vino se perdió, en el aura de esa tímida tarde Londinense. El sol una vez más se escurría entre los algodones de materia intangible, que dibujaban la barrera de nuestra mirada.

Instante, flor, paloma. Hoja de árbol, perfume, aroma. Canto de un niño, inquietante soplido de la nada. Mirada de mujer, sonrisa coqueta. Cuervo despistado, latir de atardecer. ¿Cómo describir que la luz se encuentra con distinta traba? 

En aquella arboleda, se destilaban pensamientos ya olvidados. Otra vez más, la sensación pagaba a la razón una jornada plena. Ante mi se ofrecía sin más, cautivandome, como una tarde de primavera. No hay más que dilucidar, cuando la sencillez acaricia el alma.